Una cita con ustedes los martes, jueves y sábados de cada semana. "It is not the strength of the body that counts, but the strength of the spirit", J.R.R. Tolkien.
jueves, 19 de diciembre de 2013
Volver al Pombo
jueves, 9 de mayo de 2013
Una naranja y cinco euros
martes, 30 de abril de 2013
Café, copa y puro
sábado, 20 de abril de 2013
Ernest, un bibliófilo compulsivo*
* Con este relato participé hace ya algunos años en un concurso literario que no gané; ahora, releído, creo que puede ser apto para que lo comparta con ustedes.
martes, 2 de abril de 2013
Sólo pero acompañado
jueves, 21 de marzo de 2013
Contemplación en la cima
martes, 19 de marzo de 2013
Padre, sin miedo, a la orilla del mar.
sábado, 16 de marzo de 2013
A su encuentro
martes, 5 de marzo de 2013
La hermosura de unos ojos viejos
sábado, 2 de marzo de 2013
Y Martica lloraba
martes, 10 de julio de 2012
El manuscrito
sábado, 7 de mayo de 2011
Shock
Cuando se dio cuenta de que toda la historia que había estudiado hasta la fecha tan solo era una parte, de que todo lo que le habían obligado a leer tenía una doble lectura y de que el pensamiento y la Humanidad es mucho más grande que lo expuesto entre cuatro paredes a lo largo de unos cuantos años…
Entonces empezó a estudiar en otras bibliotecas, inició la lectura de obras que hasta entonces habían permanecido ocultas por villanos, comenzó a leer no por obligación sino para saciar la nueva sed de conocimiento y se compró una mochila apta para viajar…
martes, 22 de febrero de 2011
"Ernest, un bibliófilo compulsivo"
Puedo prometerles que lo que voy a contar a continuación es tan real, aunque no lo parezca, como que tengo pensado comprar una docena de libros con el premio de este concurso.
En los albores de la transición española de la dictadura a la democracia, haya por 1979, conocí el caso de Ernest, un inglés amante de los libros en general y de la literatura hispana en particular. Llegó a Madrid para participar en la subasta de un ejemplar de la primera edición de “Historia de la vida del Buscón llamado Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños”, más conocido como “El Buscón”, cuyo autor es el insigne Don Francisco de Quevedo. El ejemplar en cuestión data de 1626 y está impreso en Zaragoza. Durante semanas le había quitado el sueño. No pudiéndose hacer con el ejemplar si lo hizo, en cambio, con el corazón de la adjudicataria, una joven mujer de la alta burguesía catalana que por motivos de trabajo residía en Madrid, en el Barrio de La Latina, y con quién Ernest terminó casándose.
Al principió de conocerse todo marchaba sobre ruedas, la afición a los libros de Ernest era motivo de orgullo para Matilde. Ésta gustaba de presumir ante sus amistades de los miles de volúmenes que contenía la biblioteca de su marido. Toda la casa estaba repleta, perfectamente ordenados por tamaño en estanterías de madera de roble que iban del suelo al techo, incluso en los cuartos de baño, donde Ernest colocaba los libros que leía mientras hacía sus necesidades. Cuando el tiempo no apremiaba Matilde también.
La situación empeoró con el paso del tiempo, la afición de Ernest se convirtió en una obsesión y Matilde dejó de presumir de los miles de volúmenes que invadían su casa. Dos fueron las gotas que colmaron el vaso. Una, la de aquella mañana en que Matilde fue a calentarse un vaso de leche en el microondas y se encontró con “La tía Tula”, de Don Miguel de Unamuno. La otra, cuando ese mismo día por la noche, al llegar de trabajar, abrió el grifo del agua caliente para darse un baño y al meterse en la bañera se encontró, flotando en el agua, con las obras completas de Don Miguel Delibes.
Ernest tuvo que elegir entre Matilde o sus libros. Perder de vista aquella primera edición de “El Buscón” le quitaba el sueño. Conocí a Ernest en la sala de espera de la consulta de mi psiquiatra. Él había enfermado al dejar los libros. Yo al perder a mi mujer.
martes, 30 de noviembre de 2010
La blanca Cruz, la gruta y la pipa

Todos los panfletos y boletines con información turística del pueblo indicaban como punto de partida la blanca Cruz que, situada al inicio del casco histórico, da la bienvenida a los visitantes. Y a los vecinos también. Es por eso que hacia allí nos dirigimos.
Delante de la blanca Cruz un hombre con la boina en la mano y la cabeza gacha posaba. Me llamó la atención porque durante unos instantes permaneció allí, inmóvil, con los ojos cerrados.
Al volver de nuestro paseo matinal por el campo eran ya las doce del medio día. El pueblo es muy pequeño y los domingos solo había una misa, la de doce y media, así que a la Iglesia nos dirigimos. De camino pasamos por una gruta donde se encuentra una representación de la Virgen de los Milagros, la patrona del pueblo. El día de la Virgen acuden allí los lugareños a cantarle Salves. De nuevo aquél hombre, la misma pose, la boina en el mismo lugar y los ojos igual de cerrados.
A escasos metros de la puerta de la Iglesia, de estilo gótico y renacentista y cuya construcción comenzó a finales del siglo XV, tocan las campanas. La hora de
Al salir de misa fuimos al bar del pueblo que también hacía las funciones de casino, en la plaza. Aunque parecía el único bar nos confirmaron que no, que había tres más. Pedimos dos chatos de vino, de la tierra, y un plato de rabo de cerdo, me imagino que también del lugar. Al poco entró por la puerta nuestro extraño compañero. Se sentó en una mesa, sacó un libro viejo de su vieja chaqueta y cargó de tabaco su pipa. Se puso a leer. Al poco observé que, sin el pedir nada, le acercaban de la barra un chato de vino igual que el nuestro.
Vencido por la curiosidad me acerqué, me presenté y le pregunté por sus paradas en la blanca Cruz y en la Virgen de la gruta mientras sus manos sostenían la boina, la cabeza permanecía gacha y los ojos cerrados.
- Estando mis padres en vida tenían por costumbre ir a la Cruz y a la gruta a rezar. Yo siempre les acompañaba. Ahora que ya no están y ahora que la gente reza bien poco he pensado que no está mal que yo mantenga lo que me enseñaron. Así, de paso, también hablo con ellos. Pero siéntese hombre, siéntese –me dijo.
domingo, 20 de junio de 2010
Y entonces lloré
Ambos llevábamos un tiempo leyendo. Los dos permanecíamos en silencio, entregados al placer de la lectura, cada uno tirado en un sofá diferente y con la única compañía del aire fresco de las primeras horas de la mañana entrando por la ventana y acariciando nuestros cuerpos. Las hojas pasaban y la hora de comer se acercaba. Propuse saltarnos el guión e ir a tomar unas cañas y unas tapas. Una costumbre propia de esta parte de
Las cañas fueron saboreadas por ambo paladares. Las tapas tuvieron el mismo destino. De pronto y sin saber muy bien cómo, o quizás si, la literatura se hizo protagonista de la conversación. Al principio lo típico, que si el libro está bien, que si está mal, pata tin, pata tan. Que si la narrativa es clara, opaca, fluida, espesa, inquieta, muerta, certera, abstracta… que si la historia está bien, o mal. El caso es que los escritores también viven sus experiencias, recorren el camino y en muchas ocasiones ello queda plasmado en sus escritos.
Un familiar querido muere. Ha muerto, y la ausencia física y mental tan solo puede suplirse con el recuerdo. Él permanece solo en la habitación a pesar del paso del tiempo. Sola, lo mismo da. El alma del ausente, su espíritu, hace acto de presencia y la abraza con una calma pausada que la duerme, y tiene la misma sensación de humedad y calor que cuando te das una ducha sin prisa en el invierno frío y el vapor del agua caliente al terminar te atrapa, te envuelve primero sobre la piel y después bajo la toalla. La sensación es infinita, placentera y reparadora. El mecanismo del misterio de la vida, de la literatura, se ha iniciado nuevamente y algo, alguien, susurra al oído que está en otra parte, en otro lugar más apacible que este, y te lo dice para que no te preocupes, para que seques con sus recuerdos las lágrimas de tristeza y las cambies por las de la esperanza y la alegría. Esa voz suave y calida que te embriaga y transmite sosiego, calma. Una sensación misteriosa recorre tu cuerpo y te sobresaltas pues no das crédito, miras a un lado y a otro de la habitación buscando y no encuentras. Estás sola pero no lo estás. Y encima comienzas esa novela, la de Sevilla en el siglo XVII, y lees una página tras otra, la historia te ha embelesado, y te sumerges en la descripción de esa misma experiencia que tuviste tú tiempo atrás, que posiblemente haya tenido la autora, y que te emociona hasta que las lágrimas que esperan su hora comienzan a surcar tus mejillas. Los ojos oscuros que te han dado se humedecen, se acristalan, la novela ha traído al presente el recuerdo emocionado del pasado, tu experiencia, tu anhelo, el sentimiento más bello que poseemos, el amor por el hermano que repentinamente ha marchado…
martes, 11 de mayo de 2010
Las prisas no son buenas

Había llegado con sus trenzas, su inocencia y su camisita azul a la capital a pasar el fin de semana. Venía con su amiga del alma, algo más experimentada en esto de la gran ciudad. El objetivo, ver a la niña recién nacida de unos amigos de los padres de Candela, la de mayor práctica.
Llegaron a la Estación Sur de Autobuses con su sonrisa y su buen humor. Y sus maletas. Destino, estación de metro El Retiro. La zona donde vivían las amistades no estaba nada mal, junto al gran parque, pero mucho tráfico. El caso es que cogieron la línea tres de metro, la amarilla. Llegaron a la estación de Sol, tocaba trasbordo. Entonces ocurrió.
El metro fue parando poco a poco según entraba en la estación. La gente tomó posiciones frente a las puertas de los vagones. Poco faltaba para que finalizara la frenada. El metro paro. Las puertas se abrieron. La gente salió, con vidilla empezó a caminar, muchos a correr. Unas coletas a lo lejos también. Nuestra protagonista echó a correr al compás de la gente. Atrás quedó Candela sin saber muy bien porqué su amiga corría. Hecho a correr tras ella, que digo a correr, eso no era correr, era más. Por fin la alcanzó. “¿Pero porqué corres?”, preguntó. “¡Ay! No sé, como la gente corría he pensado que algo pasaba”.
Y es que, ya saben ustedes, las prisas no son buenas.
jueves, 22 de abril de 2010
Un domingo por la tarde, en la Mancha
Dentro del porche el chasqueo del fuego engullendo los varios tablones que, expectantes, contemplan como son devorados, contribuía a mi estado de paz. Las voces no eran demasiadas ni demasiado elevadas por lo que podía pensar, observar, sentir, recordar. Me senté en el sofá frente a la chimenea, cogí mi pipa, la cargué de tabaco y con una larga cerilla la prendí. El humo de la primera bocanada se esparció por toda la sala, los niños estaban en otra sala jugando.
Vencido por el sueño quedé y, al rato, cuando desperté lancé mi mirada más haya del amplio ventanal que nos separaba del exterior. Había dejado de llover. Me levanté, la besé, me puse la cazadora y salí al exterior. De nuevo me encontraba con el aire puro, el olor a tierra mojada y el espectacular juego de colores. Los caracoles seguían escondidos poniendo sus huevos, había que caminar con cuidado si no querías pisarlos.
Así, con sosiego, dejando pasar el tiempo, intercambiando opiniones junto a la chimenea, respirando el aire puro del campo manchego, pasó aquella tarde. Ya no volverá y estoy tranquilo pues la disfruté como procuro disfrutar cada pequeño instante que compone mi vida ¡Qué es la vida sino la suma de pequeños momentos!
jueves, 11 de marzo de 2010
Siempre seréis recordados

Hoy me he levantado triste. A las ocho y media de la mañana escuchaba por la radio la entrevista a una de las personas que iba en esos vagones de tren explotados y, la verdad, me he emocionado. Sigo con vida porque Dios lo ha querido así, porque me dormí aquél día, o por yo que sé que circunstancias, pero lo que también tengo claro es que una parte de mí murió con mis conciudadanos aquél fatídico y horroroso once de marzo de dos mil cuatro. Por eso siempre seréis recordados.
lunes, 8 de marzo de 2010
Medio lleno, medio vacío

La lista de la compra se quedó en casa, olvidada, y la solución a la ausencia fue recorrer con el carro cada pasillo del súper. La imagen visual de los productos iría refrescando la memoria, pensé, y el carricoche dejaría poco a poco de estar medio vacío para pasar a estar casi lleno.
Llegó el turno de la pescadería y entonces me fije en la ristra de peces que a escasos centímetros de mí yacían mitad vivos, mitad muertos, me miraban. Grandes ojos cristalinos de quienes moran en las profundidades del mar, atrapados por grandes redes de aquellos que trabajan en la mar. Junto a ellos aguardaba a que llegara mi turno cuando por un momento pude contemplar como las branquias de varios de los peces empezaban a bailar. O no. Y en eso llego mi pregunta a cerca de la realidad de las cosas. Conectando con esa obra de teatro, llamada Realidad, en la que cada escena te invita a jugar a elegir entre lo que es o no es real, lo que es o no es teatro. Pues bien, viendo las branquias respirar por un momento pensé que era cierto lo que mis ojos veían y que el conjunto de seres marítimos de repente se pondrían a saltar en señal de protesta por la captura repentina de sus vidas. Lo cierto, sin embargo, es que yacen muertos sobre, entre, un puñado de hielo, esperando a que alguna criatura humana se decida a cocinarlas.
Y en esas estoy, intentando salir de la duda de si los peces se encontraban medio vivos o medio muertos.
jueves, 4 de marzo de 2010
Desnudos los árboles quedaron
Al salir del portal de mi vecindario un ruido estremecedor ha sonado. Unos señores se elevaban sobre largas escaleras, más allá de la altura del primer piso, y con esas sierras de gasóil las ramas de los árboles cortaban. Hace nada nos juntábamos para cantar villancicos en Noche Buena y hoy, si nos descuidamos, entramos en la Primavera.
Estudio y lectura dieron paso a la noche. Sonó el teléfono a eso de las once -¿quién será a estas horas?, -dijo-, y una voz llorosa escuché al otro lado: "ha muerto".












