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jueves, 19 de diciembre de 2013

Volver al Pombo

Los que me conocen saben lo que disfruto con una buena tertulia. Y si no es buena tampoco pasa nada, que de todo se aprende. Dos o más personas sentadas a una mesa compartiendo vivencias, inquietudes, sueños e ilusiones. A veces suenan versos, otras chistes, en ocasiones leyendas y, de cuando en cuando, sentamos a los muertos a nuestra vera para que participen de la conversación, que también tienen su derecho, y nuestro cariño. Muy importante es el vino, de la viña, pero sin abusar, no se vaya a trabar la lengua. En otros tiempos se compartía hasta tabaco, en cigarrillo, en estado puro, para liar o para cargar la pipa. Ahora, si quieres saborear un buen tabaco, te montas la tertulia en tu casa. Cosas de la libertad de nuestros días.


Me viene todo esto a la cabeza porque he caído en la tentación. Sí, lo siento, mea culpa. Verán, el otro día cuando me quise dar cuenta estaba de "tertulia" con una buena amiga, pero no en un café cualquiera, sino “hablándonos” por washapp. Reaccioné a tiempo y cogí inmediatamente el teléfono, la llamé y la propuse quedar en el Pombo. Allí nos vimos a al rato y, ahora sí, conversamos hasta el amanecer - pero sin pipa.

"La tertulia del café de Pombo", 
de José Gutierrez Solana

Presidida por don Ramón Gómez de la Serna, vemos a su derecha
 nada más y nada menos que a don Cesar González Ruano, dos titanes de las letras. 
En el Pombo.

jueves, 9 de mayo de 2013

Una naranja y cinco euros


Eran las tres treinta de la tarde y volvía del trabajo en dirección a mi casa. Ahora la escena. Caminaba por la acera de la izquierda, al abrigo de la sombra. A lo lejos, y por lejos entendamos unos cincuenta metros, un cartón sobre el suelo anunciaba que el señor que estaba sentado detrás también pasaba hambre. En sentido contrario, pero en la misma acera, se aproximaba una niña. No tendría más de doce o trece años. Nos cruzamos justo a la altura donde el cartón y el hambriento yacían en el sueño. Yo continué caminando y a los pocos segundos de cruzarnos escuché: “¿quiere unas naranjas?”. Me dí la vuelta y vi a la muchacha ofreciendo unas naranjas a aquel hombre. “Gracias, no rechazo nada”, respondió una voz tímida, quebradiza, como sin fuerzas. “No hay de qué, le daría un poco de dinero pero no me ha sobrado nada”, apostilló la joven. “No se preocupe, con las naranjas engañaré al estómago por un tiempo, gracias de veras”, concluyó aquel hombre. La muchacha continúo su camino mientras el afortunado pelaba con sus manos la primera de las naranjas. Se había dirigido a la joven hablando "de usted". Yo emprendí de nuevo la marcha. Al llegar a casa saqué del pantalón los cinco euros que llevaba en el bolsillo.


martes, 30 de abril de 2013

Café, copa y puro

Salió del café Novelty, se detuvo y respiro profundamente. “Fueron muchas las horas que don Miguel y don Ángel pasaron aquí”, pensó. En efecto, ambos se conocieron preparando unas oposiciones de griego y a partir de ahí trabaron una gran amistad. En el Novelty fundaron su peculiar tertulia literaria y, mientras el café, la copa y el puro se sucedían cumpliendo con el protocolo de la sobremesa, compartían sueños, proyectos literarios, leían poesías y se enzarzaban en polémicas de lo más variopintas. 

Los dos amigos se profesaron una gran lealtad, patente hasta el final de sus días. Incluso cuando el alzhéimer sobrevino a don Ángel, don Miguel no dejó de acudir a verlo ni una sola tarde. Cambió el Novelty por aquella residencia. “Si no le conoce don Miguel, ¿para qué viene?”, le decía la enfermera. “Puede que don Ángel no me reconozca señorita, pero yo a él sí, es mi amigo y siempre queda la esperanza”, terminó por responder un día el insigne Rector de la Universidad de Salamanca.
(Inklings)


sábado, 20 de abril de 2013

Ernest, un bibliófilo compulsivo*

Puedo prometerles que lo que voy a contar a continuación es tan real, aunque no lo parezca, como que tengo pensado comprar una docena de libros con el premio de este concurso.

En los albores de la transición española de la dictadura a la democracia, allá por 1979, conocí el caso de Ernest, un inglés amante de los libros en general y de la literatura hispana en particular. Llegó a Madrid para participar en la subasta de un ejemplar de la primera edición de Historia de la vida del Buscón llamado Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños, más conocido como El Buscón, cuyo autor es el insigne Don Francisco de Quevedo. El ejemplar en cuestión data de 1626 y está impreso en Zaragoza. Durante semanas le había quitado el sueño. No pudiéndose hacer con el ejemplar si lo hizo, en cambio, con el corazón de la adjudicataria, una joven mujer de la alta burguesía catalana que por motivos de trabajo residía en Madrid, en el Barrio de La Latina, y con quién Ernest terminó casándose.

Al principió de conocerse todo marchaba sobre ruedas, la afición a los libros de Ernest era motivo de orgullo para Matilde. Ésta gustaba de presumir ante sus amistades de los miles de volúmenes que contenía la biblioteca de su marido. Toda la casa estaba repleta, perfectamente ordenados por tamaño en estanterías de madera de roble que iban del suelo al techo, incluso en los cuartos de baño, donde Ernest colocaba los libros que leía mientras hacía sus necesidades. Cuando el tiempo no apremiaba Matilde también.

La situación empeoró con el paso del tiempo, la afición de Ernest se convirtió en una obsesión y Matilde dejó de presumir de los miles de volúmenes que invadían su casa. Dos fueron las gotas que colmaron el vaso. Una, la de aquella mañana en que Matilde fue a calentarse un vaso de leche en el microondas y se encontró con La tía Tula, de Don Miguel de Unamuno. La otra, cuando ese mismo día por la noche, al llegar de trabajar, abrió el grifo del agua caliente para darse un baño y al meterse en la bañera se encontró, flotando en el agua, con las obras completas de Don Miguel Delibes.

Ernest tuvo que elegir entre Matilde o sus libros. Perder de vista aquella primera edición de El Buscón le quitaba el sueño. Conocí a Ernest en la sala de espera de la consulta de mi psiquiatra. Él había enfermado al dejar los libros. Yo al perder a mi mujer.

¿Se imaginan?


* Con este relato participé hace ya algunos años en un concurso literario que no gané; ahora, releído, creo que puede ser apto para que lo comparta con ustedes.

martes, 2 de abril de 2013

Sólo pero acompañado


La torre de la Iglesia sobresale al fondo, sencilla y señorial al mismo tiempo. La misma torre que viera en su día Don Quijote, hidalgo ilustre, antes de enamorarse de Dulcinea, o después: ¿o fue un sueño?

Como los días anteriores, no dejó de llover en toda la noche; el tiempo, que se mostraba inclemente, concedió una pequeña tregua. Aprovechó para dar un paseo, tomar un poco de aire fresco y estirar las piernas. Empezó a chispear justo en el momento en el que se detuvo a contemplar la imagen, pero continuó caminando, no hubo miedo.

Andar por el campo en contacto con la naturaleza es una actividad de lo más saludable. Debería ser deporte nacional. En esta ocasión el viento golpeaba su cara recordándole lo vivito y coleando que está. Salió a pasear solo, que todo es necesario; momento apropiado para hacer “un alto en el camino”, pensar la vida, reflexionar sobre lo humano, lo divino, y dar la bienvenida a las eternas preguntas de la historia del hombre: “quiénes somos”, “de donde venimos”, “a donde vamos” (como señala el estribillo de la canción roquera). Cayó entonces en la cuenta: “de todas las especies que habitan la tierra sólo el hombre se pregunta por el sentido de su existencia”.  

Avanzó, y al poco una ráfaga de aire valenciano abrazó los vientos huracanados de la nueva Castilla. Al percatarse de ello volvió a detenerse y miró en rededor, como buscando unos naranjos inexistentes en ese lugar. En cambio, tenía ante sí campos de viñedos infinitos, donde se produce y cuida el caldo que recuerda a la sangre de Cristo, tierras de barbechos aburridos que esperan con calma su momento; llanuras verdes, pardas y amarillas que reciben las primeras flores de una primavera que a punto está de entrar en escena.

El aroma de la tierra mojada perfumó cada uno de sus pasos. Ensimismado, tardó en percatarse de que un grupo de gorriones piaba tras de su cogote desde hacía rato, de cuando en cuando le susurraban al oído. Sólo pero acompañado.

El Toboso a lo lejos

jueves, 21 de marzo de 2013

Contemplación en la cima


La gran aventura no había hecho más que comenzar. El ascenso a la cima le llevaría toda una vida y sabía que no todo el oro reluce, que no todo el monte es orégano y que alcanzar la meta no iba a ser un camino de rosas. Sin embargo, nunca imaginó que habría tramos tan duros, pesados y dolorosos.

Metió en la mochila lo estrictamente necesario, de tal manera que el peso fuera el adecuado para poder llegar a la cumbre. En cambio, cuando quiso darse cuenta era demasiado tarde. La mochila había ido cogiendo peso sin saber muy bien cómo. Llegó un momento en que el caminar le costaba Dios y ayuda. Comenzó a tambalearse y por un momento pensó que caería rendida al suelo. Fue increíble pero prosiguió con su ascenso.

Llegó un momento en el que ya no podía más. Estaba escalando una de las paredes más duras de su montaña y en un rellano tuvo que parar. Hincó las rodillas en el suelo y trató de reponer fuerzas cogiendo algo de oxígeno. La mochila tiraba de ella hacia atrás, poniendo su vida en peligro; un enorme vacío estaba esperando, la caída sería fatal. Instintivamente miró al cielo, cerró los ojos y quedo a solas con sus pensamientos.

De repente sintió un gran alivio. Giró la cabeza y observo cómo grandes piedras iban cayendo al vacío. Los pedruscos salían de la mochila guiados por una especie de fuerza extraña, luminosa, enérgica, aparentemente desconocida.

El milagro operó sin saber muy bien cómo, pero lo cierto es que la mochila se vació del exceso de equipaje… Ya en la cima las vistas eran impresionantes, las nubes abrazaban las cumbres montañosas y no pudo evitar emocionarse al pensar en la dureza del camino recorrido. Volvió a ponerse de rodillas, miró al cielo y cerró los ojos, inclinó la cabeza suavemente, como agradecida.

En un lugar del mundo, de cuyo nombre no consigo acordarme.

martes, 19 de marzo de 2013

Padre, sin miedo, a la orilla del mar.


Relato a la orilla del mar

Paseaba descalzo en contacto con el agua salada del mar. Había acudido a la isla de la que tanto le habló hace ya muchos años. Con el devenir de los días, y las dichosas circunstancias, sin las que ninguno de nosotros seríamos nosotros mismos, perdió su rastro. Acudir a su isla era una forma de encontrarse con ella, de pasear por donde caminaron sus pies, de contemplar los paisajes que disfrutaron sus ojos. A lo lejos vio a un grupo de mujeres jóvenes haciendo pic-nic, pensó entonces en los buenos ratos que habría pasado en esa misma playa, soñando junto a sus amigas. Y se miró al ombligo, reconociendo lo torpe y lo grandioso que puede llegar a ser el hombre al mismo tiempo. Fue entonces cuando una gaviota levantó el vuelo, y recordó el día en que alcanzó a perdonarse.

Paseo a orillas del mar, Sorolla. 


“No tengáis miedo” (Juan Pablo II)

Y entonces leyó: - Un verdadero cristiano es completamente libre. “Ha comprendido que tiene que ser un escándalo para este mundo –destaca el filósofo Hildebrand-… Debe aceptar alegremente ser tomado por loco, ridículo y retrasado mental”. (Libertad vivida con la fuerza de la fe, Jutta Burggraf).

Juan Pablo II besa la Cruz


San José

Día del Padre y patrono de la Santa Madre Iglesia. Fue de puerta en puerta, fatigado, junto a su mujer María, la madre del Niño. Fueron tantas las puertas cerradas. Eran pobres, no tenían nada y lo tenían Todo. Al final fueron padres en un pesebre sucio y maloliente. Fue un nacer mucho más duro que todo su trabajo en el taller, y mucho más emocionante.

San José obrero


sábado, 16 de marzo de 2013

A su encuentro


Les voy a contar una historia "basada en hechos reales", como en las películas.

A menudo decía que la vida era como el Camino de Santiago. Para los que han llegado a pie a la ciudad del Apóstol de Compostela esto es así. Cada día es diferente, una especie de aventura. Te despiertas y no sabes muy bien que grado de sufrimiento, felicidad, alegría o tristeza te va a deparar la jornada. Pero, puestos en el camino, hay que andarlo hasta llegar al final.

Conoció a V. en el 2004. Desde entonces pasaron de ser meros compañeros de trabajo a bordar una amistad en la que poderse contar cualquier tipo de confidencia, por muy íntima que fuera. Y yo, personalmente, pienso que esa es la confianza que debe reinar en toda amistad que se precie.

Me contaba el otro día la historia de V. y la verdad es que se me pusieron los pelos de punta. Uno nunca sabe muy bien donde está el fondo del sufrimiento hasta que lo vive y lo pasa, es entonces cuando tiene lógica la expresión “toqué fondo”, porque a partir de ahí uno “se viene a arriba”.

V. llevaba un tiempo mal, no podía levantarse de la cama, a la mínima sus ojos se escondían tras las lágrimas, vivía en una permanente angustia ya que no sabía lo que le pasaba, estaba sufriendo pero no quería, y tampoco sabía muy bien cómo salir de esa situación. Así, con el pasar de los días, cayó en una depresión de caballo, si me permiten la expresión.

Tras ponerse en manos de un sicólogo, poco a poco fue sacando las piedras que durante muchos años, demasiados, había ido almacenando en la mochila que todos llevamos en la espalda. El peso de la mochila llegó a ser tan elevado que las piedras la aplastaron, literalmente.

“Resulta que la sicóloga me recomendó que saliera de casa, que caminara, que no me quedara en lo que por aquél entonces era para mí una cueva maloliente y oscura. Pues verás, resulta que iba andando por la calle después de haberme pegado una llantina que no veas, y con el suelo por horizonte mira lo que me encontré en el camino”, y sacó una estampa que enseñó a su amigo, el mío.

Para servidor está claro que aquella estampita salió a su encuentro aquella tarde, mientras paseaba por la ciudad. Al parecer estaba boca arriba, la cogió del suelo y, sucia de tantas veces pisoteada, al llegar a casa la limpió con cuidado. Se trataba de la estampa del Sagrado Corazón de Jesús, por detrás llevaba una inscripción que reza así:

“Tras del rostro del que sufre se levanta esplendoroso el de Cristo”

Cada vez que mi amigo trae a colación la historia de V. se me pone el vello de punta, igual que en este instante, mientras la comparto con ustedes. Entonces pienso en la fragilidad del hombre, y de cómo Jesús se solidariza con nosotros en la Cruz. Y nos abraza.


Imagen Corazón de Jesús

martes, 5 de marzo de 2013

La hermosura de unos ojos viejos

“Sus ojos viejos, llorosos, pero de una hermosura infinita, miraban a su nieto con un amor y ternura indescriptibles. Previamente habían desayunado chocolate con churros, “mucho más grandes que en el pueblo”, señalaron los dos, unidos en santo matrimonio hace más de sesenta años. El afeitado vendría después, que es cuando la mirada; una mirada agradecida, sencilla, humilde, amorosa, que partía el corazón de un nieto profundamente emocionado en su interior.

Siempre había hablado con admiración de sus abuelos, presentes en su día a día, intentando corresponder a la herencia recibida. Y cuando hablaba de esa herencia todos sabíamos que se refería a la más importante de todas, la vital, la ejemplarizadora, la espiritual, la que nunca se gasta, ni consume en toda una vida.

Ya en el salón, frente a sus abuelos, pensaba en lo maravillosa que era la vida al haberle regalado la posibilidad de ser testigo del envejecimiento y el deterioro físico, y psíquico, de sus mayores, de poder aportar un granito de arena en su cuidado y atención. Le gustaba contar lo feliz que se ponía su abuela al recibir la llamada telefónica de alguno de sus nietos, a menudo tan escasa. Los dos, a sus ochenta y muchos años, habían aceptado vivir y sufrir la vejez con la mayor dignidad posible, cada uno a su manera, sabiendo y teniendo presente que Jesús también se solidarizó con ellos, en la Cruz. Y era así, viendo y viviendo los avatares de sus abuelos, como un amor infinito abrazaba su espíritu y lo más hondo de su ser.”


Traigo aquí esta historia, anotada de algún libro leído, recordando que el otro día, en plena tertulia, se me ocurrió decir que el sufrimiento es necesario, lo que no quiere decir que vengamos a este mundo a sufrir. Algún contertulio alucinó en colores con mi comentario. Han pasado varios días de aquello y sigo pensando lo mismo, ¡qué le vamos a hacer!


sábado, 2 de marzo de 2013

Y Martica lloraba


La conoció en el autobús, en el último viaje que hizo a Madrid, su ciudad de origen. "Parece que hace calor", le dijo. "Sí, eso parece, encima vengo corriendo, y ha habido un error con el billete, en fin…", contestó el madrileño.

Se llama Martica, es cubana, lleva un año viviendo con su hija y el marido de ésta en Móstoles, donde los héroes del 2 de mayo. Su nieto se llama Samuel, "nombre bíblico, aunque yo no creo, no tengo fe", apuntó. Martica nunca había visto nevar, la emoción le embargó cuando, entre Alicante y Almansa, se encontró con los copos de nieve cayendo sin parar, y blancos campos de castilla pudo contemplar. "Si no ha tenido aún oportunidad, no deje de visitar en estas fechas la sierra blanca de Madrid", apuntó el madrileño. Tenía pensado dedicar el trayecto a la lectura, pero encontró en Martica una interesante conversación, distendida, un motivo para dejar de mirarse el ombligo y escuchar a los demás, que a veces se hace mucho bien solo con eso.

"Tiene que ser duro emigrar", pensó. Se emocionó al hablar de "mi Conde", y una lágrima surcó su rostro. "No se preocupe, usted llore, que eso es bueno", dijo el de Madrid. Llamaba Conde a un vecino suyo de Cuba, anfitrión de la ancianidad, a duras penas tenía para comer, poca ropa que ponerse y el hogar donde dormía se lo había dejado Martica. De cuando en cuando le mandaba algo de dinero con una amiga suya que venía con frecuencia a Madrid. Antes de partir a España le regaló una toalla. “¿De esas de la playa?”, preguntó. “Sí, de esas, suficiente para no pasar frío en las noches frescas de La Habana”, dijo Martica.

La trabajada cubana dijo cosas que no le dejaron indiferente, algunas me contó.

“El Conde recibe con su cartilla ocho huevos para pasar el mes, y un pedazo de gallina”.

“Ustedes no saben lo que es trabajar”.

“Durante buena parte de mi vida, un año no ha sido sino un día largo”.

Y lloraba.



martes, 10 de julio de 2012

El manuscrito


Los tonos oscuros del entorno ayudan a resaltar todavía más la serenidad de la composición.

La expresión de la mano que escribe nos indica un alto en el camino. De lo contrario los dedos y la posición de la muñeca serían distintos, como en tensión. La mano pausada sujeta entre sus dedos índice y pulgar la pluma. Pero no se trata de una pluma como las de ahora, sino que pertenece al pasado, a un pasado, eso sí, incierto. Podría tratarse perfectamente de la mano de Cervantes, de su pluma y del puño abierto de su camisa. Perdió el brazo izquierdo, no el derecho. Quizás si nos detenemos en el tintero se nos venga abajo lo dicho: ¿demasiado moderno para el siglo XVI, principios del XVII? Puede ser.

Bajo la mano, la pluma y el tintero, lo importante: el manuscrito. Y aquí ahora la imaginación es libre…



Una mano que escribe



sábado, 7 de mayo de 2011

Shock

Cuando se dio cuenta de que toda la historia que había estudiado hasta la fecha tan solo era una parte, de que todo lo que le habían obligado a leer tenía una doble lectura y de que el pensamiento y la Humanidad es mucho más grande que lo expuesto entre cuatro paredes a lo largo de unos cuantos años…

Entonces empezó a estudiar en otras bibliotecas, inició la lectura de obras que hasta entonces habían permanecido ocultas por villanos, comenzó a leer no por obligación sino para saciar la nueva sed de conocimiento y se compró una mochila apta para viajar…

martes, 22 de febrero de 2011

"Ernest, un bibliófilo compulsivo"

Puedo prometerles que lo que voy a contar a continuación es tan real, aunque no lo parezca, como que tengo pensado comprar una docena de libros con el premio de este concurso.

En los albores de la transición española de la dictadura a la democracia, haya por 1979, conocí el caso de Ernest, un inglés amante de los libros en general y de la literatura hispana en particular. Llegó a Madrid para participar en la subasta de un ejemplar de la primera edición de “Historia de la vida del Buscón llamado Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños”, más conocido como “El Buscón”, cuyo autor es el insigne Don Francisco de Quevedo. El ejemplar en cuestión data de 1626 y está impreso en Zaragoza. Durante semanas le había quitado el sueño. No pudiéndose hacer con el ejemplar si lo hizo, en cambio, con el corazón de la adjudicataria, una joven mujer de la alta burguesía catalana que por motivos de trabajo residía en Madrid, en el Barrio de La Latina, y con quién Ernest terminó casándose.

Al principió de conocerse todo marchaba sobre ruedas, la afición a los libros de Ernest era motivo de orgullo para Matilde. Ésta gustaba de presumir ante sus amistades de los miles de volúmenes que contenía la biblioteca de su marido. Toda la casa estaba repleta, perfectamente ordenados por tamaño en estanterías de madera de roble que iban del suelo al techo, incluso en los cuartos de baño, donde Ernest colocaba los libros que leía mientras hacía sus necesidades. Cuando el tiempo no apremiaba Matilde también.

La situación empeoró con el paso del tiempo, la afición de Ernest se convirtió en una obsesión y Matilde dejó de presumir de los miles de volúmenes que invadían su casa. Dos fueron las gotas que colmaron el vaso. Una, la de aquella mañana en que Matilde fue a calentarse un vaso de leche en el microondas y se encontró con “La tía Tula”, de Don Miguel de Unamuno. La otra, cuando ese mismo día por la noche, al llegar de trabajar, abrió el grifo del agua caliente para darse un baño y al meterse en la bañera se encontró, flotando en el agua, con las obras completas de Don Miguel Delibes.

Ernest tuvo que elegir entre Matilde o sus libros. Perder de vista aquella primera edición de “El Buscón” le quitaba el sueño. Conocí a Ernest en la sala de espera de la consulta de mi psiquiatra. Él había enfermado al dejar los libros. Yo al perder a mi mujer.

martes, 30 de noviembre de 2010

La blanca Cruz, la gruta y la pipa

Todos los panfletos y boletines con información turística del pueblo indicaban como punto de partida la blanca Cruz que, situada al inicio del casco histórico, da la bienvenida a los visitantes. Y a los vecinos también. Es por eso que hacia allí nos dirigimos.

Delante de la blanca Cruz un hombre con la boina en la mano y la cabeza gacha posaba. Me llamó la atención porque durante unos instantes permaneció allí, inmóvil, con los ojos cerrados.

Al volver de nuestro paseo matinal por el campo eran ya las doce del medio día. El pueblo es muy pequeño y los domingos solo había una misa, la de doce y media, así que a la Iglesia nos dirigimos. De camino pasamos por una gruta donde se encuentra una representación de la Virgen de los Milagros, la patrona del pueblo. El día de la Virgen acuden allí los lugareños a cantarle Salves. De nuevo aquél hombre, la misma pose, la boina en el mismo lugar y los ojos igual de cerrados.

A escasos metros de la puerta de la Iglesia, de estilo gótico y renacentista y cuya construcción comenzó a finales del siglo XV, tocan las campanas. La hora de la Misa Mayor ha llegado. Al entrar al templo veo de nuevo al extraño señor. Esta vez su pose ha cambiado. En la última fila de bancos de la parte derecha se encuentra de rodillas. Y de rodillas continuó cuando terminó la eucaristía.

Al salir de misa fuimos al bar del pueblo que también hacía las funciones de casino, en la plaza. Aunque parecía el único bar nos confirmaron que no, que había tres más. Pedimos dos chatos de vino, de la tierra, y un plato de rabo de cerdo, me imagino que también del lugar. Al poco entró por la puerta nuestro extraño compañero. Se sentó en una mesa, sacó un libro viejo de su vieja chaqueta y cargó de tabaco su pipa. Se puso a leer. Al poco observé que, sin el pedir nada, le acercaban de la barra un chato de vino igual que el nuestro.

Vencido por la curiosidad me acerqué, me presenté y le pregunté por sus paradas en la blanca Cruz y en la Virgen de la gruta mientras sus manos sostenían la boina, la cabeza permanecía gacha y los ojos cerrados.

- Estando mis padres en vida tenían por costumbre ir a la Cruz y a la gruta a rezar. Yo siempre les acompañaba. Ahora que ya no están y ahora que la gente reza bien poco he pensado que no está mal que yo mantenga lo que me enseñaron. Así, de paso, también hablo con ellos. Pero siéntese hombre, siéntese –me dijo.

domingo, 20 de junio de 2010

Y entonces lloré

Ambos llevábamos un tiempo leyendo. Los dos permanecíamos en silencio, entregados al placer de la lectura, cada uno tirado en un sofá diferente y con la única compañía del aire fresco de las primeras horas de la mañana entrando por la ventana y acariciando nuestros cuerpos. Las hojas pasaban y la hora de comer se acercaba. Propuse saltarnos el guión e ir a tomar unas cañas y unas tapas. Una costumbre propia de esta parte de la Mancha, con numerosos seguidores y fieles.

Las cañas fueron saboreadas por ambo paladares. Las tapas tuvieron el mismo destino. De pronto y sin saber muy bien cómo, o quizás si, la literatura se hizo protagonista de la conversación. Al principio lo típico, que si el libro está bien, que si está mal, pata tin, pata tan. Que si la narrativa es clara, opaca, fluida, espesa, inquieta, muerta, certera, abstracta… que si la historia está bien, o mal. El caso es que los escritores también viven sus experiencias, recorren el camino y en muchas ocasiones ello queda plasmado en sus escritos.

Un familiar querido muere. Ha muerto, y la ausencia física y mental tan solo puede suplirse con el recuerdo. Él permanece solo en la habitación a pesar del paso del tiempo. Sola, lo mismo da. El alma del ausente, su espíritu, hace acto de presencia y la abraza con una calma pausada que la duerme, y tiene la misma sensación de humedad y calor que cuando te das una ducha sin prisa en el invierno frío y el vapor del agua caliente al terminar te atrapa, te envuelve primero sobre la piel y después bajo la toalla. La sensación es infinita, placentera y reparadora. El mecanismo del misterio de la vida, de la literatura, se ha iniciado nuevamente y algo, alguien, susurra al oído que está en otra parte, en otro lugar más apacible que este, y te lo dice para que no te preocupes, para que seques con sus recuerdos las lágrimas de tristeza y las cambies por las de la esperanza y la alegría. Esa voz suave y calida que te embriaga y transmite sosiego, calma. Una sensación misteriosa recorre tu cuerpo y te sobresaltas pues no das crédito, miras a un lado y a otro de la habitación buscando y no encuentras. Estás sola pero no lo estás. Y encima comienzas esa novela, la de Sevilla en el siglo XVII, y lees una página tras otra, la historia te ha embelesado, y te sumerges en la descripción de esa misma experiencia que tuviste tú tiempo atrás, que posiblemente haya tenido la autora, y que te emociona hasta que las lágrimas que esperan su hora comienzan a surcar tus mejillas. Los ojos oscuros que te han dado se humedecen, se acristalan, la novela ha traído al presente el recuerdo emocionado del pasado, tu experiencia, tu anhelo, el sentimiento más bello que poseemos, el amor por el hermano que repentinamente ha marchado…

martes, 11 de mayo de 2010

Las prisas no son buenas


Como en la zona costera donde vive no había trenes, ni ferrocarriles, ni metro, ni prisas, pues paso lo que paso.

Había llegado con sus trenzas, su inocencia y su camisita azul a la capital a pasar el fin de semana. Venía con su amiga del alma, algo más experimentada en esto de la gran ciudad. El objetivo, ver a la niña recién nacida de unos amigos de los padres de Candela, la de mayor práctica.

Llegaron a la Estación Sur de Autobuses con su sonrisa y su buen humor. Y sus maletas. Destino, estación de metro El Retiro. La zona donde vivían las amistades no estaba nada mal, junto al gran parque, pero mucho tráfico. El caso es que cogieron la línea tres de metro, la amarilla. Llegaron a la estación de Sol, tocaba trasbordo. Entonces ocurrió.

El metro fue parando poco a poco según entraba en la estación. La gente tomó posiciones frente a las puertas de los vagones. Poco faltaba para que finalizara la frenada. El metro paro. Las puertas se abrieron. La gente salió, con vidilla empezó a caminar, muchos a correr. Unas coletas a lo lejos también. Nuestra protagonista echó a correr al compás de la gente. Atrás quedó Candela sin saber muy bien porqué su amiga corría. Hecho a correr tras ella, que digo a correr, eso no era correr, era más. Por fin la alcanzó. “¿Pero porqué corres?”, preguntó. “¡Ay! No sé, como la gente corría he pensado que algo pasaba”.

Y es que, ya saben ustedes, las prisas no son buenas.

jueves, 22 de abril de 2010

Un domingo por la tarde, en la Mancha

Aquella tarde en que la lluvia rompió la sequedad del día observé desde lo alto de la colina la magia de los colores de la tierra manchega. Las tonalidades de verdes y marrones se iban intercambiando como si de un arco iris particular se tratara. La humedad del ambiente aportaba un olor a tierra mojada especial. Los caracoles escondieron sus cuernos pero se multiplicaron por centenares ante la proliferación de hierbajos en el camino.
Dentro del porche el chasqueo del fuego engullendo los varios tablones que, expectantes, contemplan como son devorados, contribuía a mi estado de paz. Las voces no eran demasiadas ni demasiado elevadas por lo que podía pensar, observar, sentir, recordar. Me senté en el sofá frente a la chimenea, cogí mi pipa, la cargué de tabaco y con una larga cerilla la prendí. El humo de la primera bocanada se esparció por toda la sala, los niños estaban en otra sala jugando.
Vencido por el sueño quedé y, al rato, cuando desperté lancé mi mirada más haya del amplio ventanal que nos separaba del exterior. Había dejado de llover. Me levanté, la besé, me puse la cazadora y salí al exterior. De nuevo me encontraba con el aire puro, el olor a tierra mojada y el espectacular juego de colores. Los caracoles seguían escondidos poniendo sus huevos, había que caminar con cuidado si no querías pisarlos.
Así, con sosiego, dejando pasar el tiempo, intercambiando opiniones junto a la chimenea, respirando el aire puro del campo manchego, pasó aquella tarde. Ya no volverá y estoy tranquilo pues la disfruté como procuro disfrutar cada pequeño instante que compone mi vida ¡Qué es la vida sino la suma de pequeños momentos!

jueves, 11 de marzo de 2010

Siempre seréis recordados


Siempre seréis recordados. Hoy es once de marzo y hace seis años se vivió en Madrid, en España, uno de los peores episodios de nuestra historia reciente. Ciento noventa y dos personas murieron y miles de vidas más quedaron marcadas para siempre. Aquél día lo recuerdo perfectamente, el silencio sepulcral en tren y metro los días de después, también. Normalmente pasaba por Atocha con destino a mi trabajo a eso de las ocho y diez, o así, de la mañana. Ese día quería llegar antes al trabajo debido al volumen de faena, pero me dormí, y eso hizo que llegara a la estación de tren de Móstoles a eso de las ocho menos diez, menos cinco. Los trenes ya no pasaban y el andén se empezaba a llenar de gente; se colapsó, y a eso de las ocho, por megafonía, RENFE nos recomendó que utilizáramos un medio alternativo, nada más. Yo trabajaba a escasos metros de la Plaza Conde de Casal, a dos paradas de tren de Atocha (línea C-5), y al escuchar el mensaje por megafonía decidí coger el metro hasta Puerta del Sur y llegar en metro a mi lugar de trabajo. No sabía nadie nada, reitero. Recuerdo que llevaba un teléfono móvil pero que en las profundidades se quedaba sin cobertura por lo que, la hora que duró el trayecto, permanecí incomunicado. Un sinfín de mensajes en el teléfono móvil empezaron a saltar a medida que iba subiendo las escaleras de la estación de metro de Conde de Casal para salir a la calle. Yo veía la luz mientras, en medio de un sinfín de sirenas de ambulancias y coches de la policía y la guardia civil, ciento noventa y dos personas la perdían. Los mensajes del teléfono eran todos de “llamadas perdidas” de familiares y amigos que sabían que pasaba por Atocha cada mañana. Nada más llegar al trabajo me enteré de lo ocurrido y comencé inmediatamente a llamar a familia y amigos para tranquilizarles. Nadie trabajó ese día, en la oficina no nos despegamos del televisor del Departamento de Publicidad, ni de la radio, salvo cuando varios compañeros y yo nos acercamos a la Plaza de Conde de Casal a donar sangre, lo que fue imposible debido a la cantidad de gente que se nos había adelantado – ¡que ejemplo de civismo, de humanismo!-.

Hoy me he levantado triste. A las ocho y media de la mañana escuchaba por la radio la entrevista a una de las personas que iba en esos vagones de tren explotados y, la verdad, me he emocionado. Sigo con vida porque Dios lo ha querido así, porque me dormí aquél día, o por yo que sé que circunstancias, pero lo que también tengo claro es que una parte de mí murió con mis conciudadanos aquél fatídico y horroroso once de marzo de dos mil cuatro. Por eso siempre seréis recordados.

lunes, 8 de marzo de 2010

Medio lleno, medio vacío


Podría hacer un comentario sobre la política o la economía de nuestro país, o sobre la interesante conferencia a la que he asistido esta tarde titulada "La bolsa en tiempos de crisis", pronunciada por D. Francisco Álvarez Molina, pero no, cuando me he puesto a escribir se ha impuesto la ficción y esto es lo que ha salido:

Quizás debí abandonar la idea de ir a comprar aquella tarde y me debería haber quedado en casa leyendo, escribiendo o escuchando música. Pero el caso es que cometí el error de abrir la puerta de la nevera, el encontrarme con el vacío al otro lado fue lo que me impulsó a visitar el supermercado.

La lista de la compra se quedó en casa, olvidada, y la solución a la ausencia fue recorrer con el carro cada pasillo del súper. La imagen visual de los productos iría refrescando la memoria, pensé, y el carricoche dejaría poco a poco de estar medio vacío para pasar a estar casi lleno.

Llegó el turno de la pescadería y entonces me fije en la ristra de peces que a escasos centímetros de mí yacían mitad vivos, mitad muertos, me miraban. Grandes ojos cristalinos de quienes moran en las profundidades del mar, atrapados por grandes redes de aquellos que trabajan en la mar. Junto a ellos aguardaba a que llegara mi turno cuando por un momento pude contemplar como las branquias de varios de los peces empezaban a bailar. O no. Y en eso llego mi pregunta a cerca de la realidad de las cosas. Conectando con esa obra de teatro, llamada Realidad, en la que cada escena te invita a jugar a elegir entre lo que es o no es real, lo que es o no es teatro. Pues bien, viendo las branquias respirar por un momento pensé que era cierto lo que mis ojos veían y que el conjunto de seres marítimos de repente se pondrían a saltar en señal de protesta por la captura repentina de sus vidas. Lo cierto, sin embargo, es que yacen muertos sobre, entre, un puñado de hielo, esperando a que alguna criatura humana se decida a cocinarlas.

Y en esas estoy, intentando salir de la duda de si los peces se encontraban medio vivos o medio muertos.

jueves, 4 de marzo de 2010

Desnudos los árboles quedaron

Esta mañana la presión del esfinter era tan grande que me he despertado antes de que sonara el despertador. He mirado el reloj y he decidido levantarme y preparar con algo más de tranquilidad el zumo de naranja. Un zumo de naranja al día y, sin cometer excesos, adiós a los resfriados, costipados y catarros. Palabra.

Al salir del portal de mi vecindario un ruido estremecedor ha sonado. Unos señores se elevaban sobre largas escaleras, más allá de la altura del primer piso, y con esas sierras de gasóil las ramas de los árboles cortaban. Hace nada nos juntábamos para cantar villancicos en Noche Buena y hoy, si nos descuidamos, entramos en la Primavera.

Estudio y lectura dieron paso a la noche. Sonó el teléfono a eso de las once -¿quién será a estas horas?, -dijo-, y una voz llorosa escuché al otro lado: "ha muerto".