Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de junio de 2013

Buenas costumbres

Los que me conocen saben que soy un firme defensor del libro. Y cuando digo libro hablo pues del libro, el de papel, el de toda la vida, el que nace como consecuencia del maravilloso invento ideado por Johannes Gutenberg (1398-1468 d.C.). Nacerán books, e-books, biiks, baaks o buuks, pero el libro, ay, larga vida al libro que puedes tocar, manosear, contemplar, anotar, oler, prestar… el libro.

Y en cuanto que permanecen en el tiempo gusto de la tradición y las costumbres (claro, que no hablo aquí de tirar a una cabra por el campanario, lo que me parece una costumbre un tanto, en fin), que por algo permanecen, y unen a los pueblos. Por eso me siento orgulloso de las Ferias y Fiestas tradicionales que año tras año se viven en cada rincón de España (Cataluña incluida, por supuesto Mr. Más) -como lo son la Feria de Abril, los San Fermines, las Fallas o los Carnavales de Tarazona de la Mancha, por poner solo algunos ejemplos-, de ser miembro de una Iglesia con 2000 años de vida, o de cómo antaño (esto hay que recuperarlo, ven) mi Abuela Venancia nos juntaba a los nietos en la cocina a contarnos historias o recitarnos poesías. Antes los abuelos contaban cuentos, historias y poemas a los nietos, ahora han dejado de ejercer de abuelos para hacerlo de padres mientras que los padres, me da la sensación, ponen a los chavales delante del televisor, o de la pantalla del “móvil”, o del ipad, y que les dejen tranquilos. No se puede generalizar, por supuesto, y gracias a Dios conozco un buen número de padres que se esmeran y se desviven por dar una buena educación a sus hijos, para lo que se requiere tiempo, claro, y ejemplo.

Quedé yo pensando en todas estas cosas, y otras, cuando escuché el otro día decir a Antonio Escohotado que “nosotros nos encontramos con problemas evidentes gravísimos…, de capacidad de los padres de transmitir valores a sus hijos, es muy difícil ahora enseñar buenas costumbres que es la obligación de los padres, muy difícil, ten en cuenta que de los libros se ha pasado a las pantallas, se parece un poco el tránsito de pantalla a pantalla al tránsito de hoja a hoja de un libro, pero es distinto, la mayor parte de nuestra juventud es analfabeta funcional, en el sentido de que saben leer y escribir pero ni leen ni escribe jamás, y si incluso le dices “oye, escribe esta carta”, le puede dar un ataque intenso de angustia que nos haga pensar en llamar al Doctor Freud o a algún amigo suyo para que lo calmen, ¿no?”. Estas declaraciones las hacía, si no recuerdo mal, en el 2003, ¡ojo!, y no puedo estar más de acuerdo con ellas.

Antigua imprenta

sábado, 11 de mayo de 2013

El armador aquél de casas rústicas

Escuchaba el otro día a Andrés Trapiello decir en una conferencia que “no me gustan los libros”. El título de la ponencia era “Los libros buenos, bonitos y baratos” y, lógicamente, versaba sobre libros, más concretamente sobre los que forman su biblioteca.Andrés Trapiello, que como todo el mundo sabe es un prolífico escritor, tipógrafo y “pequeño” editor, lógicamente es un enamorado de los libros. Su afirmación se refiere a que no le gusta que la palabra muera una vez plasmada en el libro. Considera Trapiello que la palabra ha de volar, ser libre, tener vida propia. Para aclarar lo que quería decir utilizó un poema de don Miguel. No conocía la existencia de dicho poema por lo que, admirador como soy de la vida y obra del insigne Rector, expreso desde aquí mi gratitud a don Andrés. Reza el poema:

El armador aquel de casas rústicas
habló desde la barca:
ellos, sobre la grava de la orilla,
y él flotando en las aguas.

Y la brisa del lago recogía
de su boca parábolas,
ojos que ven, oídos que oyen gozan
de bienaventuranza.

Recién nacían por el aire claro
las semillas aladas,
el Sol las revestía con sus rayos,
la brisa las cunaba.

Hasta que al fin cayeron en un libro,
¡ay tragedia del alma!:
ellos tumbados en la grava seca,
y él flotando en las aguas.

(Miguel de Unamuno)


Como podrán advertir, se refiere el poema a esa escena del Nuevo Testamento (Enseñanza en parábolas) en la que “Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar” (Marcos 4, 1). A continuación las Sagradas Escrituras nos relatan la hermosa Parábola del sembrador.

Volvamos ahora al poema y entenderemos lo que don Andrés Trapiello comparte también con el insigne don Miguel: “Y la brisa del lago recogía de su boca parábolas… Hasta que al fin cayeron en un libro, ¡ay tragedia del alma!”

¡Qué bonito, no!


Me encanta esta foto pausada, reflexiva, en quietud, de don Miguel.

¿Tampoco habrían de gustarle los libros?

sábado, 13 de abril de 2013

La sorpresa de una Antologia


No creo que haya en mi casa un solo rincón donde no tenga a la vista un libro. Incluso en el lugar de expulsión de las impurezas del cuerpo siempre me encuentro alguno. Me gustan los libros y, al menos en mi morada, necesito estar rodeado de ellos. Los contemplo y me alegra saber que unos pocos ya han pasado por mis manos y mis ojos, y que son muchos más los que me quedan por leer. Sacar un rato al día, un par de horas, una, media aunque sea, para sumergirme entre las páginas de una novela o un ensayo, una biografía o un poema, una obra de teatro o un libro de mi religión, es uno de mis quehaceres cotidianos más placenteros. Necesito poco más.

Cuando voy a casa de algún familiar con biblioteca, o de un amigo, termino perdido entre sus volúmenes, a la búsqueda de ese libro raro capaz de embelesarme hasta perder la noción del tiempo. Si me he alojado en la hospedería de algún monasterio,  nunca me he ido sin conseguir que el monje hospedero me abriera las puertas de su aula librera. Por no citar las librerías de viejo, donde a poco que me doy cuenta ando quitando polvo con mi pañuelo. O esos paseos matinales de domingo por la Cuesta de Moyano, a donde acudo ahora sin dinero. O las ferias del libro antiguo, a las que asisto expectante por conocer el ejemplar que saldrá a mi acecho.

Se celebra ahora la XXXIII Feria del Libro Antiguo de Albacete. Esta mañana llevaba dinero y he adquirido un pequeño tesoro, se trata de una Antología (Ediciones Fe) de pensamientos y reflexiones sobre múltiples temas del gran e insigne don Luis Vives. El ejemplar adquirido es de 1943, y la selección, introducción y prólogo corren a cargo de don José Corts Grau, que fue un jurista y escritor español, también valenciano y también Humanista, con mayúscula.

Ya en el prólogo mis dos primeras sorpresas. Casó Luis Vives en 1524 con Margarita Valldaura, hija de uno de los comerciantes españoles residentes en la Brujas de la época; ciudad que conquistaría el corazón de nuestro reputado personaje y donde finalmente muere en 1540, a la edad de 48 años. De su matrimonio habla en una carta a su amigo Vergara. He aquí mi primera sorpresa, yo también tengo un amigo apellidado Vergara y me pregunto si tendrá algo que ver con aquél. Y en la carta la segunda: “Hace ya más de tres años que me casé, y hasta hoy, gracias sean dadas a Dios, ni una hora siquiera hube de hurtar al estudio por esta causa”. Agradece de su mujer, por lo que se puede deducir, el respeto que tiene a su labor “humanista”.

La Antología apunta maneras, como ven.

Publicado en Ediciones Fe, el MCMXLIII

sábado, 23 de febrero de 2013

"¿Qué es el libro?"


Llegó a la residencia después de dar un largo paseo por el parque de El Retiro. Unas veces solo, otras acompañado, le gustaba perderse entre sus antiquísimos árboles y arbustos, con el lago siempre al fondo, mientras pensaba en aquello a lo que había dedicado la vida: el hombre, lo divino, el arte, la cultura, la Verdad.

Pasaría el resto de sus años en la residencia que se encuentra a continuación de la parroquia de San Jerónimo el Real, justo a la espalda del Museo del Prado. De todos los sacerdotes que allí habitaban era el de mayor edad. Atrás quedaron  sus clases en la universidad, asistiendo a los feligreses en las parroquias de  barrio por donde había pasado, su experiencia en el continente africano -sin duda la que más le había marcado-, y su continua búsqueda de la Verdad. Por la comunidad era considerado un auténtico humanista, al estilo de los antiguos. Era persona prudente, respetuosa para con los demás, y fue aptitud suya ante la vida aquello que tantas veces había leído, meditado y estudiado en la Sagrada Escritura: “Pero yo os digo –Jesucristo-: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro padre celestial” (Mateo 5, 44). Y esa era la mayor de sus ilusiones, esperanzas y alegría, llegar a ser hijo del padre celestial.

En su pasión por el saber, y pese a su avanzada edad, le habían permitido seguir encargándose de la biblioteca de la residencia, donde se encontraban buena parte de los libros que había ido adquiriendo a lo largo de su vida. Le temblaba el pulso y de cuando en cuando las piernas, pero no la cabeza.

Antes de comer subió a la biblioteca, su lugar favorito, donde pasaba la mayor parte del día. Al llegar a su mesa de trabajo encontró un paquete. Lo abrió y había algo envuelto en papel regalo, un bulto grande, una tarjeta decía: “Reciba este obsequio en agradecimiento a sus largos años de maestría y amistad verdadera, con afectuoso cariño, su discípulo, padre Julián Otero Cañicosa”.

Se trataba de una primera edición del Codex miscellaneus, siglo XI, de valor inimaginable. El discípulo había escuchado al maestro hablar de este Codex muchos años atrás. Un día, en clase, hablando de lo importante de la lectura, preguntó a sus alumnos, “¿qué es el libro?”, y a continuación puso en la pizarra:

El libro es lumbre del corazón;
espejo del cuerpo;
confusión de vicios;
corona de prudentes;
diadema de sabios;
honra de doctores;
vaso lleno de sabiduría;
compañero de viaje;
criado fiel;
huerto lleno de frutos;
revelador de arcanos;
aclarador de oscuridades.
Preguntado responde,
y mandado anda deprisa,
llamado acude presto,
y obedece con facilidad.

- Esta es la traducción de la respuesta que aparece en el Codex miscellaneus a la pregunta que les acabo de formular, nunca la olviden, -dijo nuestro sacerdote.

 Codex miscellaneus. Siglo XI. Biblioteca de Toledo


martes, 5 de febrero de 2013

Retrato de un bibliómano


Jacques Bonnet
Bibliotecas llenas de fantasmas
Traducción de David Stacey
Editorial Anagrama, Col. Argumentos
Barcelona 2010



¿Leer le cansa tan poco como nadar a un pez o volar a un pájaro? ¿Lo hace de forma compulsiva? ¿Le cuesta desprenderse de los libros que pasan por sus manos? ¿Piensa cambiar de casa por falta de espacio en su biblioteca? ¿Su mujer, su marido, le ha dado un ultimátum? ¿Se ha gastado los ahorros de un año en un ejemplar de la primera edición de Guerra y Paz? En caso afirmativo tiene motivos de sobra para seguir leyendo. De lo contrario, también.

“Después del placer de poseer libros, poca cosa hay más dulce que hablar de ellos”, Charles Nodier. Y eso es lo que hace Jacques Bonnet (escritor y traductor francés) en Bibliotecas llenas de fantasmas, hablar de libros en general y de los más de 20.000 que tiene su biblioteca en particular. Estamos ante un auténtico tratado de bibliomanía, término que según el diccionario de la Real Academia Española significa la “pasión por tener muchos libros raros o los pertenecientes a tal o cual ramo, más por manía que para instruirse”. Lo que distingue al autor es que no estamos ante un mero poseedor de libros. No, se trata de un lector empedernido cuyo descubrimiento, el de la lectura, “fue como un rayo de luz en la atmósfera tenebrosa de una infancia provincial en los años sesenta”, un hecho que le permitió transportarse a otras épocas y lugares y que derivó en una especie de patología que busca saciar una curiosidad infinita a través de ese espíritu sistemático que ha evolucionado con el paso del tiempo y que le empuja a leer todas las obras de un autor, los libros sobre su persona, luego los de otro autor, así como todas las obras dedicadas a un tema y a la literatura de cierta época o país. Y si a lo dicho añadimos que, como a Juliano, mientras “unos aman los caballos, otros los pájaros y otros las fieras; yo, desde niño, estoy poseído por un terrible deseo de poseer libros”, entenderemos el porqué y el cómo del tipo de bibliómano que es Jacques Bonnet. ¿Estamos ante un ensayo? Sí, así podríamos definir este largo monólogo sobre libros de no ser por el marcado carácter pasional, empírico y emocional para ser solo eso.

Tener una biblioteca con ese número ingente de volúmenes suscita innumerables cuestiones que el autor aborda con interesantes reflexiones, propias y ajenas. ¿Son todos los libros necesarios? “Ningún libro era tan malo que no fuese útil en algún apartado”, responde por boca de Plinio el Viejo. ¿Y una vez adquiridos? Tres son los destinos: leerlos, leerlos más adelante o archivarlos directamente en el lugar asignado. ¿Los ha leído todos? “Lo cierto es que, para ser útil, una biblioteca no necesita ser leída en su totalidad: a todo lector conviene un equilibrio razonable entre el conocimiento y la ignorancia, entre el recuerdo y el olvido”, señala Alberto Manguel en La biblioteca de noche. ¿Y cómo han llegado hasta las estanterías? Por un título misterioso, por un autor, por un encuentro fortuito, por los libreros, a través de críticos, amigos y escritores-maestros, por los lectores… ¿Cómo ordenar los libros? Las fórmulas son varias: clasificación alfabética, por continentes o países, por colores, por fecha de adquisición, por géneros y subgéneros (como hace el autor), etc., al final Jacques Bonnet lo que nos recomienda es el uso de varios métodos. Existen los que al orden no le dan ninguna importancia, como es el caso de Aby Warburg (1866-1929), hijo de un banquero que, según cuenta la leyenda, vendió a su hermano su derecho de primogénito –a dirigir el banco de la familia- a cambio de un crédito ilimitado para la compra de libros. El resultado fueron los más de 100.000 volúmenes de su biblioteca, libros que Warburg cambiaba de lugar sin cesar. Están otros que colocan las obras de autores de sexo masculino y femenino en estantes separados cumpliendo así con los cánones de la decencia “a menos que sean marido y mujer”; o los que, como Carlos Brauer, renuncian a colocar juntos a dos autores que no se llevaron bien en vida, como Borges y Lorca o Vargas Llosa y García Márquez, por poner dos ejemplos.

En cuanto a las prácticas  lectoras de Jacques Bonnet muchos se sentirán identificados con su “en todas partes y en cualquier posición”: en la biblioteca, en el aseo, en el autobús, en el tren, en el aeropuerto, sentado, de pie, caminando, tumbado, …, lo que ha propiciado que la lectura absorbente de títulos como El Cuarteto de Alejandría, Guerra y Paz, El hombre sin atributos, El espía que surgió del frío, Moby Dick, hayan detenido el tiempo y el espacio en múltiples momentos inolvidables.

Con un lenguaje claro y sencillo, la lectura de Bibliotecas llenas de fantasmas supone una certera, agradable y emocionante aproximación al arte de poseer libros y al placer de leerlos y releerlos (“nunca habría imaginado, al releer Anna Karénina veinte años después, que la suerte de Alexéi Alexándrovich Karenin me iba a emocionar más de lo que me iban a apasionar los sentimientos exaltados de la bella Anna por Vronski, a diferencia de lo que ocurrió la primera vez”). Miles de libros y miles de personajes, reales y ficticios, son los culpables de un mundo al alcance de Jeacques Bonnet donde tan escaso es el conocimiento que tenemos de Homero, de Virgilio o de Cervantes como abundante el que poseemos de Ulises, de Eneas o de Don Quijote.  Un mundo, una biblioteca, que “protege de la hostilidad exterior, filtra los ruidos del mundo, atenúa el frío que reina en los alrededores y da, también, una sensación de omnipotencia”. Francisco de Quevedo lo expresó en verso:

“Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos”.


*** Reseña publicada en el número 88 de la revista Clarín.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Y usted, ¿se desprende de los libros?


"-¿Se desprende de libros cada tanto o los conserva todos?

-He regalado una hija mía a un mercader árabe y vendido dos nietos a familias estériles europeas, pero sólo un cirujano hábil o un escuadrón del Mosad podrían lograr que me desprendiera de un libro, aunque sepa que nunca lo leeré. Siempre flota la duda: "¿Y si llego a necesitarlo?" -dice Daniel Samper Pizano."


sábado, 7 de mayo de 2011

"El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes"

Edit. Einsa (2007)
José Julio Perlado

Hace unos días concluí la lectura de El artículo literario y periodístico. Paisajes y Personajes, lectura obligatoria para todos aquellos que, como servidor, nos gusta escribir artículos (a veces literarios, a veces no). El autor es el profesor José Julio Perlado, cuyo blog Mi siglo tampoco tiene desperdicio.

Estamos ante un ensayo –podríamos clasificarlo como tal- a cerca del arte de escribir artículos. El libro se divide en dos partes. En la primera, El artículo literario y periodístico, el autor nos habla de cómo se escribe, de la búsqueda del tema, los tipos de artículos, estilo, títulos, etc., utilizando para ello la maestría y el poderío de los columnistas y articulistas -¿son lo mismo?- más destacados del último siglo en España, tales como Julio Camba, Azorín, Larra, Pla, de la Serna, Machado, etc.

En la segunda parte del libro, Paisajes y Personajes, José Julio Perlado nos presenta, a través de artículos por él escritos y, por tanto, de los que aprender mucho, los retratos de distintos personajes en diferentes ambientes, ciudades, lugares, etc. Es quizás esta la parte del libro que más he gozado (sin con tal afirmación minusvalorar en absoluto la primera) pues el profesor Perlado nos acerca un poco más a detalles a cerca de la vida y obra de personajes como Baroja, Juan Ramón, Unamuno, Rilke o al matrimonio Maritain, entre muchos otros. Y yo que soy un curioso insaciable...

Un brillante estudio sobre el arte del artículo con el ejemplo de innumerables genios que son presentados por otro gran experto y profesional en la materia. Lectura cien por cien aconsejable.

viernes, 15 de abril de 2011

El consejo más valioso dado a Indro Montanelli


Ando estos días leyendo Memorias de un periodista de Indro Montanelli. Señala el maestro:

"A Emilio Cecchi le debo, en cambio, el consejo que ha merecido ser el más valioso de mi carrera: "Recuerda que los periodistas son como las mujeres de la calle: mientras estén allí les va muy bien y hasta pueden llegar a ser alguien. Lo malo es cuando se les mete en la cabeza querer entrar en la sala..."".

Últimamente tengo la sensación que donde menos están algunos periodistas es en la calle.

lunes, 7 de marzo de 2011

"Perdido en Buenos Aires", en la revista Clarín


En el primer número de la revista Clarín de este año (enero-febrero 2011) aparece la reseña literaria que he escrito sobre la nueva novela del amigo cubano Antonio Álvarez Gil, Perdido en Buenos Aires, y que el año pasado se alzó con el Premio de Novela Mario Vargas Llosa que convoca la Universidad de Murcia junto con la CAM. Espero que os guste la reseña y, por supuesto, os recomiendo fervientemente la lectura de esta vibrante novela.

Antonio Álvarez Gil
Perdido en Buenos Aires
Ediciones de la Universidad de Murcia (editum)
Colección: Premios Murcia, 2010


Historia de un fracaso

Un tablero posa sobre la mesa repleto de piezas blancas y negras. Dos ejércitos perfectamente alineados permanecen atentos al primer movimiento, a la primera apertura. ¿Abrirá la partida con el gambito de dama el uno, optará por la defensa ortodoxa el otro? Cada ficha suma y todas a una están dispuestas para el combate. Tan solo un objetivo: matar al rey contrario. Pero si además cae la dama nada más empezar puede que no haya un golpe más bajo. Mientras, un niño observa a los dos contrincantes cuya amistad ha quedado en otra parte, al menos por el tiempo que dure el envite, quizás también después. El zagal, que tiene puesta toda la atención en la partida, observa que su padre hace trampa al mover el negro caballo a una casilla prohibida. El cubano José Raúl Capablanca y Graupera, que con cuatro años advirtió de aquel movimiento fallido, poco podría imaginar entonces que años después, en 1921, llegaría a ser el campeón del mundo de ajedrez, a la edad de treinta y tres años.

Antonio Álvarez Gil (Melena del Sur, La Habana, 1947) ha obtenido con Perdido en Buenos Aires el Premio de Novela “Mario Vargas Llosa” en su edición del 2009. Después de las novelas Las largas horas de la noche, Naufragios, Delirio Nórdico, Después de Cuba y Concierto para una violinista muerta -y de otros tantos premios-, Perdido en Buenos Aires es, sin duda, la obra más lograda, madura y posiblemente la que más quebraderos de cabeza haya dado al escritor cubano. El esfuerzo ha merecido la pena.

Apodado como “el Mozart del ajedrez”, José Raúl Capablanca disputó a finales de 1927 en Buenos Aires el torneo para la defensa de su titulo de campeón del mundo. El retador, que aterrizó en la ciudad porteña sin haberle conseguido ganar una sola partida, era el jugador francés de origen ruso Alexander Alekhine. Capablanca, sin embargo, llegaba con la tranquilidad y la confianza que le propiciaba saber que en los últimos trece años había disputado 158 partidas y había vencido en 154 de ellas. La novela Perdido en Buenos Aires narra, siempre desde la óptica del jugador cubano, la estancia de Capablanca en la ciudad del Plata a lo largo de los dos meses y medio que duró el duelo. Antonio Álvarez Gil consigue, con un lenguaje claro y sencillo que huye de tecnicismos, presentarnos unas escenas que te sientan directamente en las gradas del Club argentino de ajedrez donde se celebraron las más de treinta partidas del torneo, unas escenas que te sitúan delante de aquél tablero y que son capaces de recrear cada partida disputada, hasta conseguir revivir con la misma tensión e intensidad el transcurrir de los sucesivos envites. Alekhine preparo, trabajó y planeó minuciosamente cada partida, no estaba dispuesto a volver a casa sin el título de campeón. Capablanca, para quién el ajedrez es, o al menos era, “algo más que un juego; es una diversión intelectual que tiene algo de arte y mucho de ciencia… un medio de acercamiento social e intelectual”, a penas repasaba los errores cometidos en cada lance. Alexander Alekhine, contra todo pronóstico y para sorpresa del mundo del ajedrez nacional e internacional, se proclamó campeón del mundo. En el fondo, dos modelos de enfrentar la vida: la ilusión, el trabajo, el orden y el esfuerzo, por un lado; la desesperanza, la holgazaneria, el caos y el desinterés, por otro. ¿Por qué esa desidia por parte de Capablanca? Preguntará el lector. Quizás porque, con sus propias palabras, “a veces tenía la impresión de que había comenzado demasiado temprano y agotado la copa de los éxitos a una edad en que otros comenzaban apenas a lograrlos”.

Capablanca pierde porque llega a un momento en el cuál, por encima del ajedrez, le interesa la vida, vivir. “Sí, ya sé que para vos es más importante vivir que jugar al ajedrez”, le dice una de las mujeres con quien se pierde en la noche porteña. “Hay gente que cree estar viva, cuando, en realidad, están muertos en vida”, parece obsesionar al cubano. El campeón se deja llevar y de su mano nos adentramos en la vida nocturna y bohemia de aquél Buenos Aires por donde desfilan todo un grupo de figuras del escenario y la farándula. Tan pronto se encuentra moviendo ficha en algún café de barrio como paseando por sus calles y avenidas, entre las sábanas del lecho de alguna mujer o escuchando ese sentimiento que el viento transforma en sonido, ese suspiro convertido en melodía y que se llama tango. Porque si el ajedrez es importante en la novela, no lo es menos la pasión de Capablanca por el tango; en su búsqueda visita distintos y curiosos cafés como el Café Príncipe Cubano o el Café de los Angelitos donde, interpretados con la maestría de Carlos Gardel, escucha La cumparsita, Milonga sentimental o Mi noche triste.

Lo primero que vemos en la portada de Perdido en Buenos Aires es a una pareja bailando tango sobre un tablero de ajedrez. Antonio Álvarez Gil ha escrito una brillante novela que nos cuenta la historia real de un fracaso y donde el arte de la ficción aparece y desaparece sin avisar. No es la primera novela que se construye en torno al ajedrez, anteriores son La defensa Loujine, de Nabokov; El gambito de caballo, de Faulkner; Un combate, de Patrick Suskind o Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, pero lo que sí que es cierto es que Perdido en Buenos Aires merece estar, por su calidad, entre las mencionadas. En las profundidades de la misma un sinfín de reflexiones a cerca de la vida, el paso del tiempo, el amor, la amistad y, al fin y al cabo, la muerte, esperan al lector.

Juan Pablo López Torrillas


domingo, 23 de enero de 2011

La vida como ejemplo


Hacía muchííííísimo tiempo que no dormía nueve horas del tirón y la verdad es que me han sentado genial. Después de estar toda la mañana estudiando me he enfrentado al frío y he salido a correr 50 minutitos –seguimos preparando la media Maratón Madrid 2011-. El esfuerzo ha merecido la pena, una fantástica paella con Laura ha sido la recompensa.

Por la tarde he seguido con el estudio y en un descuido ha caído en mis manos La vida literaria, de don Miguel de Unamuno (colección Austral, Espasa-Calpe). Se trata de una recopilación de artículos escritos por el maestro y publicados en distintos diarios y años. Hoy he leído El hombre espejo, publicado en Nuevo Mundo, Madrid, 1920. En él Unamuno reflexiona a cerca del hincapié que hacemos en acordarnos siempre de lo pasado y de estar constantemente planeando, preparando, pensando el futuro. En cambio, nadie se acuerda del hoy y ahora, del presente, de este mismo instante, de aprovecharlo, saborearlo como si fuera la última fresa con nata que te fueras a comer en tu vida –me chiflan-. También habla del valor que tiene la vida, el ejemplo, de cada uno de nosotros... Os dejo con un párrafo que me ha gustado mucho, así como con la última frase del artículo:

““¡Ah, los que se empeñan en que nos precipitemos” “¡Lánzate –dicen-; mañana, acaso sea tarde; ahora es el momento!” Y no saben que una vida de honda contemplación expresiva, de contemplación pública y compartida hacia fuera, es toda una obra; es más obra que un lanzamiento. Y la obra mejor que un hombre puede legar a sus hermanos es su vida como ejemplo y como visión.”

“El hombre ha de aspirar a ser espejo.”

Yo creo profundamente en aquellas vidas que son ejemplo para mí…