lunes, 31 de mayo de 2010

Almuerzo con D. José Luis L. Aranguren


Ayer tuve la fortuna de "almorzar" con el ilustre filósofo D. José Luis L. Aranguren y reflejo aquí alguna de sus reflexiones. Espero que sean de su interés.

- “¿Qué consejos nos daría a los españoles para ayudar a construir esa España ideal y utópica y que, sin embargo, sería tan importante aproximarnos a ella?” Preguntó D. Joaquín Soler.
- “Primero. En el plano moral, no diré que individual, pero sí profesional: es menester que los españoles trabajemos más. Yo creo que hoy hay una crisis de laboriosidad. Está bien que nos hayamos alejado de esa ética protestante del trabajo y todo lo demás; en la que, por otra parte, tampoco estuvimos demasiado dentro los españoles, pero me parece que hoy se trabaja demasiado poco. Los estudiantes mismos, si hay que preparar el seminario de la semana que viene no lo preparan. Trabajan poco. Y evidentemente la crisis en la productividad del sector laboral es muy grande.
Segundo. Si no nos gusta la política, la política en gran parte como se lleva a cabo en España, en gran parte es una responsabilidad nuestra. Nosotros tenemos que asumir plenamente nuestro papel de luchar por una democracia… lo que no se hace votando el 15 de junio o cuando nos corresponda la próxima vez solamente, sino asumiendo este papel de democracia participatoria a través de todos y cada uno de los momentos y de los actos de nuestra vida. Yo creo que así es como se conseguirá la Democracia. Evidentemente es una utopía, el ser demócrata en ese sentido, pero los jóvenes saben muy bien que la utopía es lo único que merece la pena en la vida”. Contestó el profesor José Luís L. Aranguren.

- Señor Aranguren, creo que 34 años después de sus declaraciones bien poco ha cambiado este país, y si lo ha hecho en los planos a los que usted se ha referido, mucho me temo que ha sido a peor. No sé que pensarán nuestros lectores. No obstante muchas gracias Profesor por su reflexión.

sábado, 29 de mayo de 2010

Una mañana cualquiera

Digamos que he madrugado. A las ocho de la mañana ya estaba yo corriendo por el parque lineal en dirección a la vía verde que acompaña el Canal de María Cristina. La niebla me ha envuelto durante los 45 minutos de carrera, suficientes para el cuerpo, y para el espíritu. De regreso ha casa he prestado atención a mi alrededor. He coincidido también con gente caminando, corriendo o montando en bicicleta. Otros estaban tomando el café, con el sol y sombra correspondiente, previo al trabajo. Algunos jóvenes llegaban a sus casas completamente borrachos, fuera de sí, y algún ciudadano que otro empezaba el día echando en las máquinas tragaperras el alimento de sus hijos. Al llegar a casa he estirado los músculos, me he duchado, he desayunado y me he puesto a estudiar. Antes he pensado en esos jóvenes y en si lograran algún día quererse y respetarse así mismos; y en los señores y las señoras de las máquinas tragaperras, en si tan mísera es su vida como para tirar en una estúpida máquina, llena de luces y sonidos absurdos y estridentes, los cuartos del alimento de sus hijos.

viernes, 28 de mayo de 2010

Seguro de su perfume


Con la llegada de aquél olor tuvo que dejar de prestar a la novela la atención merecida. La historia de la “La ciudad y los perros” le estaba encandilando de tal manera que llevaba dos días sin dejar de pensar en los entresijos de Tarzán. El aroma desprendido por aquél perfume le resultó conocido, familiar diría yo. Cerro el libro y apoyo la cabeza en el respaldo del asiento. Cerró los ojos y llegó de nuevo aquella imagen. Años atrás se encontraba delante de la mujer a la que más querría, posiblemente, en toda su vida. Por eso fue la mujer imposible, en cuyos brazos nunca caería eternamente, siempre de forma evanescente, fugaz como lo es la vida para los que aún se preguntan por qué. No pudo evitar la tentación, abrió los ojos y quiso comprobar si se trataba de la por siempre inolvidable Patricia. Pidió permiso al pasajero de al lado, salió al pasillo y miró. No, no era ella. Otra mujer se encontraba en el tren, en el mismo vagón que él, detrás de su asiento, con su mismo perfume, pero no era ella.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Verdaderamente perplejo...y una propuesta

Asisto perplejo a la decadencia más absoluta de éste nuestro Gobierno. Nunca jamás pensé en mi corta existencia que se pudieran hacer las cosas tan rematadamente mal, nunca.

En cualquier Consejo de Administración de cualquier empresa del mundo, cualquiera, un Consejero Delegado tan absolutamente incompetente como nuestro Presidente del Gobierno habría durado dos días. O ni eso, nunca habría llegado a semejante puesto. Aquí en cambio volvió a salir elegido por el “pueblo” español en el 2008, hace tan solo daños, cuando -¿ya no se acuerda nadie?- negó una vez sí y dos también la crisis económica, cuando España –díjo- jugaba en la Champion Leage de la economía mundial. ¿Se acuerdan del debate Solbes Vs Pizarro? Vean, véanlo de nuevo, está en las videotecas a su disposición.

La cosa está muy mal y se va a poner peor, ¿pesimista? No, realista. El señor Rodríguez Zapatero se ha declarado el solito –hay que estar ciego y ser un fanático para justificarlo- manifiestamente incapaz para liderar este país en las circunstancias tan adversas por las que atraviesa. Aún antes ya lo había demostrado. Él y todo su equipo de gobierno, por que es que hay que ver qué tropa. Y yo no es que sea militante del PP precisamente, ante todo mi libertad por favor, pero si que sé cuando alguien vale y cuando no. Es más, si me apuran, mi propuesta es la de que se nombre un equipo directivo que asuma las tareas de saneamiento de esta empresa llamada España. Previa dimisión del Gobierno en Pleno. Dicho equipo estaría hasta que se recondujera la situación, luego llegaría el momento de convocar elecciones generales y que el “pueblo” elija de nuevo. ¿Quién formaría ese Equipo de Dirección? Pues, por poner un ejemplo, yo nombraría a diez o doce personas: cuatro o cinco profesores del Instituto de Empresa y del Instituto de Estudios Superiores Empresariales y a cinco o seis personas con experiencia, con la talla de, por ejemplo, el presidente de El Corte Inglés, de Inditex, algún que otro Consejero Delegado de empresas como Iberdrola o Telefónca, por poner solo algunos ejemplos. A que pinta bien.

España necesita un golpe de efecto y solo puede llegar de la mano de un lavado claro de cara, para ello es necesaro que el Sr. Rodríguez Zapatero presente su dimisión inmediatamente, él y todo su equipo. Queda dicho.

martes, 25 de mayo de 2010

"La Revolución del 34", por D. Ignacio Gracia Noriega

Os dejo con un artículo de D. Ignacio Gracia Noriega publicado en el diario asturiano La Nueva España el pasado 19 de octubre de 2009; cuanto menos interesante, sobre todo para aquellos que se creen dueños de la Verdad única, la Historia única, la Memória única, sí, para todos esos del pensamiento UNICO.

"La otra noche anunciaban en la TPA (la única cadena que todavía le sigue prestando atención al buen cine clásico, prácticamente desterrado de las demás cadenas, como si se tratara de tabaco o alcohol) la proyección de una película de Fleischer, por lo que me dispuse a verla. La película estaba anunciada a las doce y media, y, como es habitual en esta cadena, no empezó hasta cerca de la una, por lo que tuve que asistir, al principio resignado y luego con curiosidad, a un coloquio sobre la revolución del 34 en el que intervenían dos historiadores científicos, Rosa María Madariaga y José Girón Garrote, y un periodista, Jorge Martínez Reverte. Como en el periodismo no cabe ser «científico», con el rótulo de periodista y escritor de éste último basta y sobra: quien, por lo demás, fue el único del trío que se permitió algunas descalificaciones a la acción revolucionaria. La señora Madariaga, perteneciente a la gran élite intelectual y republicana, expresaba la nostalgia de aquella revolución y aquella guerra perdida, que de haber sido ganadas tal vez a ella le hubiera costado pasar una temporada de reeducación en las Siberias socialistas que al efecto se hubieran organizado. Pues como me dijo un día Antonio Masip que no hay cosa más estúpida que un obrero de derechas, caí en la cuenta de que hay otra especie que mejora con creces aquélla, la del burgués de izquierdas. Por su parte, Girón Garrote, compañero de carrera y de aventuras cinematográficas más o menos fallidas, hablaba en nombre de la Ciencia con mayúscula, en su variante histórica. Me gustaría recordarle al amigo Girón, ya que la formula alguien que fue también maestro suyo, Gustavo Bueno, la improbabilidad de este tipo de «ciencia», pero temo que no es el caso ahora. Girón, a quien tengo por persona moderada, se desbocó insultando sin venir a cuento a Pío Moa, a quien calificó de analfabeto y reprochó que vendiera sus libros «como churros». Quién sabe si no es ahí donde les duelen a los historiadores científicos las intromisiones de los profanos en sus supuestos «cotos vedados», aunque más bien creo que se trata de cierto espíritu de clerecía exacerbado que pretende proscribir a todos los que se ocupen de temas de su especialidad sin pertenecer a su cofradía, esto es, sin ser funcionarios indignados por el intrusismo; y si quien lo hace, encima, no comparte mis ideas, el descaro se convierte en delito, o poco menos. Así que se descalifica a Pío Moa porque vende libros, cuando lo ideal es publicarlos y meterlos en un sótano hasta que los cubra una buena capa de polvo, como se hace con las plúmbeas publicaciones del RIDEA, pongo por caso. Tampoco comparto otras opiniones de Girón o de la señora Madariaga, condenando a las democracias de Francia e Inglaterra por no haber apoyado a la República. A mí el comité de no intervención también me indignaba hace treinta años. Pero ahora lo considero perfectamente lógico y coherente. La «democracia» que decían defender los pretendidos defensores de la segunda República, después de haber intentado un golpe de Estado contra ella en 1934 y de haber desencadenado una revolución en 1936, no era exactamente la democracia como las de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, y aunque Leon Blum fuera frentepopulista y «progre» homologado, a nadie le apetece tener el socialismo real al otro lado de los Pirineos. Si fuera en Cuba o en Corea del Norte, ya sería otro cantar. Por eso, los «progres» y los burgueses republicanos aristocráticos se emocionan con el socialismo, pero lejos, en Alemania, Inglaterra, Italia o Francia; en casa, déjennos la abyecta y despreciada democracia formal o burguesa. También se aseguró que la guerra de 1936 fue una guerra del Ejército contra el pueblo. No es exacto. Por lo menos, la mitad del pueblo español se puso del lado de los militares contra aquellos que gritaban ¡viva Rusia! Y si los totalitarismos fascistas apoyaron al bando nacional, el totalitarismo socialista apoyó al bando mal llamado republicano, porque la República habían contribuido a hundirla los socialistas en 1934, sin posibilidad de vuelta atrás. ¿Qué tenían que ver con una República parlamentaria las comunas anarquistas o las checas comunistas? En cuanto a demócratas, allá se andaban los del bando nacional y los del revolucionario. Esto es: en aquella guerra no era demócrata nadie, porque los verdaderos demócratas habían hecho las maletas y se habían marchado corriendo a Francia o Portugal. Sobre esto escribió páginas estremecedoras don Pío Baroja, aunque Girón Garrote me alegará que no son «científicas». Eso es literatura, que no otra cosa es la historia, desde Herodoto hasta don Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro por lo menos. Otros historiadores modernos prefieren contar gallinas: en su opción, como se dice ahora. Pero que no se molesten porque un «historiador de relato», o un intruso, como Pío Moa, venda más libros que ellos. Y al cabo, la película de Fleischer no valió gran cosa, pero el coloquio del historiador científico y de la republicana nostálgica me dio qué pensar. En primer lugar, esta gente se pasa la vida glorificando una revolución que fue golpe de Estado y una guerra que perdieron. Si la hubieran ganado, tendríamos al ínclito Ejército Rojo desfilando a todas horas en la plaza Roja de Madrid, de la que ahora habrían quitado la estatua de la Cibeles para poner la del abuelo de Zapatero. Es lamentable seguir escuchando lo de que «nos ganaron gracias a Hitler y Mussolini, y porque eran más y mejores», o al menos estaban mejor preparados técnicamente desde un punto de vista militar. Hace falta ser masoquistas para haber perdido una guerra y creer que se ganó. No sé si esto será «científico» o no, pero la experiencia nos certifica que la Historia no se repite. Podrán engañar a Gabino de Lorenzo, incitándole a modificar el callejero de Oviedo. Pero la guerra del 36 estuvo bien perdida, lo mismo que la revolución del 34, y debe tenerse en cuenta que una revolución que se pierde es cualquier cosa antes que una revolución. No tenía previsto escribir sobre la revolución del 34 en estas páginas transicionales. Pero creo que debo hacerlo, porque tal vez nos aclare algo sobre cómo fue aquella transición (no aquella revolución, claro es). En los meses indecisos que sucedieron a la muerte de Franco, los socialistas veteranos, algunos de los cuales habían participado en las jornadas revolucionarias, no tenían especial interés en acordarse de ellas ni en la guerra que estalló menos de dos años más tarde. Preferían mirar hacia adelante antes que hacia atrás, porque lo que dejaban atrás era demasiado negro, como el carbón. De manera que aquellos hombres que habían sido la «vanguardia de las clases obreras», según la apreciación de los compañeros de las bien instaladas socialdemocracias del otro lado de los Pirineos, se conformaban con recuperar y asentar las perdidas «libertades burguesas», propias de las democracias parlamentarias o formales. Este aspecto resultaba emocionante en los viejos socialistas y ugetistas, muchos de los cuales habían pertenecido a las Juventudes Socialistas antes de la Guerra Civil y combatido en el batallón «Sangre de Octubre», o a las órdenes del comandante Fausto, durante la guerra, y una vez perdidas la revolución y la guerra lo único que les quedaba era sobrevivir, pues no tenían ni siquiera tiempo para llorar y menos para soñar como los burgueses nostálgicos, del tipo de María Rosa Madariaga. En los meses finales de 1975, en 1976, aquellos antiguos revolucionarios resucitaban, pero no en 1934, sino en 1931, en la democracia burguesa, y deseaban, por encima de todas las cosas, que no volviera a torcerse. La épica se ve de modo distinto según quien la haya vivido o contemplado. Cuando yo le preguntaba a Paulino, el zapatero de Barredos, por los «maquis», me contestaba invariablemente: «Aquello era muy triste. Se reunían en un prado para comer pan duro mojado en el agua de un arroyo. Una vez uno de ellos sacó un pañuelo atado en picos y distribuyó las balas que llevaba en él. Tocaron a dos o tres balas por cabeza». Cada bala, me contó el comandante Mata, les costaba dos pesetas. La nómina de la mina de San Vicente, llevada a punta de pistola por Mata y Lele, se empleó íntegramente en munición. No se habla de la revolución en los días de la transición. Si acaso, cuando llegaban delegaciones extranjeras. Una vez Agustín Tomé me pidió bibliografía porque iba a hablarles del 34 a unos suecos o noruegos. Y añado, a modo de anécdota, que Vigil no aprobaba ciertos actos de reminiscencias revolucionarias, como una cena que se hizo en un restaurante de Oviedo para conmemorar aquel octubre desastroso. Tampoco Amelia Valcárcel parecía tener una gran opinión de aquellos sucesos. Según ella, el PSOE alardeaba de la revolución de octubre para demostrar, según sus palabras literales, dichas en atildado asturleonés, «qué rojos somos, mira la que armamos». Bien es verdad que de aquellas alturas de la película, la aristocrática nacionaliega no tenía previsto solicitar el ingreso en el PSOE. De aquélla, la izquierda «fetén» estaba a la izquierda del PSOE, que era un «partidu socialdemocráticu vendíu al oru de Güili Bran»".