Allí, en lo alto de la ladera quedó postrado, ante el imponente acantilado de más de doscientos metros de altura, y mientras el aire acariciaba su cuerpo y golpeaba con saña su rostro, levanto los brazos con la palma de las manos hacia arriba, poco a poco, hasta que en forma de Cruz quedó pensativo, con los ojos cerrados, dejando caer la cabeza hacia atrás despacio, suave, aprisionando parte de su cabello contra el cuello, volando el resto… y comenzó a llover.
Una cita con ustedes los martes, jueves y sábados de cada semana. "It is not the strength of the body that counts, but the strength of the spirit", J.R.R. Tolkien.
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lunes, 10 de enero de 2011
viernes, 28 de mayo de 2010
Seguro de su perfume

Con la llegada de aquél olor tuvo que dejar de prestar a la novela la atención merecida. La historia de la “La ciudad y los perros” le estaba encandilando de tal manera que llevaba dos días sin dejar de pensar en los entresijos de Tarzán. El aroma desprendido por aquél perfume le resultó conocido, familiar diría yo. Cerro el libro y apoyo la cabeza en el respaldo del asiento. Cerró los ojos y llegó de nuevo aquella imagen. Años atrás se encontraba delante de la mujer a la que más querría, posiblemente, en toda su vida. Por eso fue la mujer imposible, en cuyos brazos nunca caería eternamente, siempre de forma evanescente, fugaz como lo es la vida para los que aún se preguntan por qué. No pudo evitar la tentación, abrió los ojos y quiso comprobar si se trataba de la por siempre inolvidable Patricia. Pidió permiso al pasajero de al lado, salió al pasillo y miró. No, no era ella. Otra mujer se encontraba en el tren, en el mismo vagón que él, detrás de su asiento, con su mismo perfume, pero no era ella.
viernes, 14 de mayo de 2010
Hacia el púlpito

Todo el mundo estaba tras su coronilla. La presión la reflejaba en el continuo goteo de sudor que resbalaba por su mejilla.
Y encima con traje y corbata, a ver cuando se puede venir en vaqueros al Parlamento –pensó. Y ahora a ver que me dicen estos fachas que últimamente solo me hacen la vida imposible. Sí, ya sé que la he cagado pero bien, ¡y qué! ¿Acaso no tenemos los tontos derecho a gobernar? Y encima Merkel y Obama tocándome la moral un día sí y otro también. Vale que Ángela me de un poquito de caña ¿pero el Presi? Mira que lo apoyé y requeteapoyé en su campaña contra los republicanos. Nada, encima de pu pones la cama. Joder, la verdad es que si lo pienso fríamente la que he liado en España es menina, menuda le espera al que venga detrás, yo me vuelvo a mi León y aunque sea me pongo a coger el teléfono en el despacho de mi padre que para eso, por lo menos, soy licenciado en Derecho. Montilla ni eso y le hice ministro, ahora que, mira que me va a dar problemas el jodio…Sí señor Presidente, ya termino.
lunes, 3 de mayo de 2010
Con el labio hemos topado
Marcos llegaba tarde a misa a si que echó a correr nada más salir del portal de casa. Quedaban dos semanas para tomar la primera comunión y los catequistas ya estaban nerviosos. A veces tenía la sensación de que la comunión la fueran a tomar ellos de nuevo. Llegó el momento de comulgar y ahí estaba la mujer, de mediana edad, con su desagradable hinchazón en el labio inferior, esperando en la fila. Posiblemente más de uno y más de dos pensaron que más que un labio hinchado parecía una mujer pegada a un labio. Cuando llegó el momento de recibir la hostia tuvo que ayudarse con los dedos de la mano. Parecía como si hubiera perdido agilidad bucal. Las risas fueron generalizadas entre los compañeros de Marcos. A él no le hizo ninguna gracia, su abuela había pasado por ello y bastante padeció. Al salir de misa se dirigió a sus compañeros, –“¿os imagináis que al llegar ahora a casa tiene así el labio vuestra madre? ¡Pero que idiotas que sois!”.
jueves, 29 de abril de 2010

Si hubieran sabido lo que aquél día iba a suceder posiblemente no hubieran dejado salir a Carlos de casa. Le habrían dicho que no. Lo cierto es que tras una discusión con sus padres salió de casa dando un portazo. No era la primera vez. Tampoco lo era que sus padres lo consintieran. Tenía aparcado el Scooter en los soportales de la plaza. -Ponte el casco-, dijo su madre antes de perder a su hijo de vista. Le habían comprado el ciclomotor como premio por haber aprobado la ESO., aunque repitiera cuarto un par de veces. Carlos se creía que lo sabía todo, que todo lo controlaba, el casco entre las piernas, el pitillo en la boca y las gafas de sol puestas. El pelo bailaba porque no se había puesto gomina. Carlos también fumaba, sí, ya se sabe, a los dieciséis uno quiere ser mayor. Mayor. Enfurecido iba por la calle cuando un ceda el paso se interpuso en su camino. Se lo saltó. Por el lado izquierdo venía un coche antiguo, de color rojo, muy grande, da igual a marca. Se lo llevó por delante. Esta es la historia de Carlos y son muchos los Carlos de este país, lamentablemente. La historia la conocí en Toledo, en el hospital donde trabaja la mamá de Carlos. Aún sigue llorando cada mañana, y cada noche.
miércoles, 28 de abril de 2010
Lo que queda

Como un domingo más, le había despertado el Concierto de Aranjuez. En casa de los Cubrepito era costumbre amanecer el día Santo con Vivaldi. Y con el olor de los sabrosos buñuelos recién traídos de la churrería. En la cocina siempre la mama con su cuchara de palo preparando el chocolate. Los cuatro a la mesa y a disfrutar. Posiblemente por delante habría un partido de fútbol, hace algún tiempo que los Cubrepito padres habían dejado de insistir en que los Cubrepito hijos les acompañaran a la sierra, a visitar algún museo o a escuchar algún concierto de órgano en cualquier vieja iglesia de Madrid. Pasaron los años y un día, Domingo para ser más exactos, el menor de los hijos, que ya contaba con sus veinte años, les propuso desayunar buñuelos con chocolate. Él se encargo de poner a Vivaldi. Después propuso visitar la Catedral de la Almudena, escuchar misa. Propuso también comer unos bocatas en el Retiro e ir después a la Fundación MAPFRE a ver la exposición del Impresionismo, antes que devolvieran los cuadros al Museo Orsay de París. Los Cubrepito padres se miraron extrañados y accedieron a las peticiones del pequeño, y del mayor.
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