

Me acerqué por primera vez a D. Miguel de Unamuno en el instituto, cuando en clase de literatura nos mandaron leer San Manuel Bueno, mártir. La obra, junto con su vida, me marcaron tanto que desde entonces nunca me ha abandonado el bueno de Unamuno. Cuando estoy en mi biblioteca estudiando, leyendo o escribiendo me tranquiliza saber que por las estanterías están repartidas bastantes de las obras del Rector. Así me siento protegido, en soledad pero acompañado a la vez.
Esta mañana, al hacer un alto en el estudio, me he acercado a la estantería y, como quiera que sea, su Diario íntimo (Alianza Editorial, 1970) ha terminado en mis manos. Al azar he abierto el libro por una de sus páginas donde leo:
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“Cuestión social.
¿Cuál es el ideal de una sociedad cristiana? El presentado en los versillos 44 á 47 del cap. II de los Hechos de los apóstoles:
“Todos los que creían estaban juntos, teniendo las cosas comunes. Y vendían sus posesiones y las haciendas, y repartiánlas á todos, como cada uno había menester. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan, comían juntos con alegría y con sencillez, de corazón, alabando á Dios y teniendo gracia con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día á la iglesia, los que habían de ser salvos.”
“Y de la multitud de los que habían creído era un corazón y un alma, y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía, más todas las cosas les eran comunes”
…
Comunidad de bienes con un corazón y un alma, he aquí el ideal. Buscar la comunidad sin la unidad de espíritu es buscar disensión y muerte.”
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Y me quedo pensando, reflexionando a cerca de lo que el maestro nos quiere decir en las dos últimas frases.
Como siempre, se admiten vuestros comentarios...